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viernes, 4 de septiembre de 2009

Adaptando los pasos al camino





26 agosto 2009

Muchas veces, vemos la montaña de lejos, hermosa, interesante, llena de desafíos. Pero cuando intentamos acercarnos, ¿qué ocurre? Que está rodeada de carreteras, que entre tú y tu meta se interponen bosques, que lo que parece claro en el mapa es difícil en la vida real. Por ello, intenta todos los caminos, todas las sendas, hasta que por fin un día te encuentres frente a la cima que pretendes alcanzar.Paulo Coelho
Manual para subir Montañas



El bus de la empresa Rivas, conducido por José Luis, nos acercó desde nuestra residencia en Les Houches (los tres chalés que bautizamos como Villa Arriba, Villa Enmedio y Villa Abajo) hasta Saint-Gervais donde cogemos el Tramway du Mont-Blanc, el tren cremallera más alto de Francia, que nos subiría hasta Le nid d'aigle (2372m), no exento de bullicio por parte de los más de treinta españoles que prácticamente completábamos el aforo del vagón, pero mucho tuvo que ver en la jarana el típico trompetero suizo que encontramos en la estación, y que con su singular instrumento musical, Trompa de Los Alpes de unos tres metros de largo, nos hizo participar en el alboroto con buena gana y mejor humor.

Desde Le nid d'aigle (2372m) debíamos ascender hasta el refugio de la Téte Rousse (3.167m) por nuestros propios medios, sin más guía que el instinto y por toda pauta, las marcas rojas de pintura en algunas rocas a modo de señalización. Confieso que se me aceleró el pulso sólo de ver la empinada y pedregosa senda a seguir.

El primer tercio del ascenso es empinado y abrupto pero asequible, estaba muy transitado por otros muchos alpinistas que también subían y algunos que esas horas incluso bajaban; el numeroso grupo que componíamos se fue poco a poco distanciando en este primer tramo, es importante que cada uno pueda llevar su propio ritmo aunque también no perder de vista a los demás. Carlos, Pilar y yo íbamos todavía juntos compartiendo ritmo y fatiga, paramos a descansar unos instantes, no más de un minuto para no enfriarnos, el tiempo justo para una foto y un trago de agua. Al emprender el camino nos pasaron dos compañeros, Guri y Domingo, precisamente del grupo que días antes habían coronado el Allalinhorn (4.027 m).

Continúamos el ascenso; los pies se arrellanan en el interior de cada bota y ésta al tortuoso camino que va ganando el dificultad; los cuádriceps ya empiezan a notar el desgaste de energía. El ascenso al Mont-Blanc no es una competición contra nadie, creo que en todo caso se compite contra las propias limitaciones haciendo acopio de voluntad, dosificando el esfuerzo, adaptando cada paso al ritmo que impone el camino y sobre todo sintiéndose parte del lugar que en esos momentos estamos compartiendo con la naturaleza.

El segundo tercio es algo más generoso que el anterior, el camino nos obsequia con un brevísimo altiplano que nuestros pies y aliento agradecen; quizá preámbulo dúctil, del inicio de la tercera fracción del ascenso que no se amilana a la hora de retarnos con toda la fuerza de la montaña: impacientes aristas, ceñidísimos pasos, ángulos pedregosos y un viento glaciar que a cada recodo te escupía a la cara con helada saña, poniendo a prueba tu decisión de subir hasta la Téte Rousse o darte media vuelta y regresar. Cometí el error de no preparar adecuadamente mi atuendo, me enfrenté a la montaña sin la ropa adecuada, y pasé del calor al frío y del frío al calor en varias ocasiones. Cuando debía haber utilizado el cortavientos sólo encontré un chubasquero en la mochila; cuando debía doblarme adaptándome al camino las perneras del pantalón, algo lacias, se enredaban en cualquier saliente. A esas alturas ya me había descolgado de Pilar y Carlos; notaba la humedad en los pies y en el cuerpo, y eché en cuenta que no llevaba calcetines ni camiseta de repuesto; el agua además me empezaba a escasear y no llevaba ni una solo barrita energética que podría haber utilizado en caso de emergencia, emergencia que no llegó a suceder porque de pronto me encontré delante de un asombroso campo blanco, agrietado, una enorme lengua de hielo bajando del Mont-Blanc al encuentro del glaciar Bionassay, y al fondo el refugio de la Téte Rousse (3.167m).



JM